Mi familia no es como las demás. A primera vista parece que sí, pero los que nos conocen un poquito enseguida descubren que somos esos vecinos que viven entre “la casa de los espíritus” y un jardín japonés.
Fotografías y textos dedicados a las mujeres que forman parte del proyecto Mujeres sin hacer.

Mi familia no es como las demás. A primera vista parece que sí, pero los que nos conocen un poquito enseguida descubren que somos esos vecinos que viven entre “la casa de los espíritus” y un jardín japonés.

Hace unos días, en el programa “Temas de mujer”, Vilma Petrash me preguntó si yo haría de mi proyecto “Mujeres sin hacer” un proyecto de vida. Y yo no sé si lo haría, pero desde luego sería lindo.

La Mora salió de Cuba en una balsa, hace 20 años. Su vida es una especie de caleidoscopio, colorida, versátil y enigmática.

Hay un instante, durante mis sesiones fotográficas, un instante que va de sutil a intenso -como la llovizna se convierte en aguacero-, en que me encuentro de pronto con un duende, es tan pequeñito que se asoma al borde del lente de mi cámara, hace tun tún con los deditos, me sonríe, y me mira a través del cristal.

Diana es guerrera: es madre, corre con sus altísimos tacones tras una historia que merezca ser contada, trabaja, no claudica, ama.

“Mujeres sin hacer” es, además de un proyecto fotográfico, algo así como una botella al mar. Entre todas, podemos enviar un mensaje muy bonito al mundo, mover el suelo debajo de las ideas preconcebidas, esas que auguran un futuro gris después de los cuarenta, a no ser que mantengas una rigurosa 38. La realidad la creamos todos, generalmente cada uno por su lado, en “Mujeres sin hacer” la creamos juntas.

Mar Güell es catalana, decoradora de interiores. Es sensible, desinhibida y enamorada de los personajes clásicos del cine. Me contó que una vez fue Gilda, para mí fue Marilyn en una sesión divertidísima que no olvidaré nunca. Me contó muchas cosas.