Agosto

Agosto. Comienza una nueva etapa de un año que ha estado cargado de sorpresas, trabajo, nuevos proyectos fotográficos que estoy disfrutando porque me han permitido algo que me encanta: iluminar rincones escondidos u olvidados de las cosas. Para eso hago fotografía. Porque los puentes famosos, las manos en forma de corazón rodeando al sol, las croquetas al plato y las cañas de las fiestas del pueblo y los pies descalzos a la orilla del mar, todo eso ya podemos fotografiarlo todos. El palo de selfie nos ayuda a  explorar nuestra mejor sonrisa y el turismo, a Dios gracias, es cada vez más asequible.

El mundo está corriendo. Pero a mí tanta velocidad me produce vértigo, y la sensación angustiosa de que nos estamos perdiendo cosas, las mejores además. Me gusta sentarme junto a un río, sola, a escuchar la vida escurrirse fría entre las piedras y dejar al viento -ese zumbón encantador de serpientes- soplarme sueños y recuerdos. Detenerme y que todo, grandes y pequeñas cosas pasen por mi lado y sigan, llevándose su ruido. Lo mismo siento cuando escribo y cuando hago fotografía. Y me gusta pensar que somos todos como vagones en un mismo tren, que si un vagón se detiene, si echa el freno, el tren entero acabará por ralentizarse. Y así veremos mariposas donde la velocidad de la vida nos hizo ver trozos de ceniza volando.

Guadalest, 2025

 

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